Más allá del uso de criptomonedas para mover fondos en la sombra, distintas investigaciones apuntan a que Héctor Dager habría destinado parte de sus recursos pertenecientes a sobornos y extorsiones, a la instalación de granjas de minería de bitcoin en territorio venezolano, aprovechando la energía eléctrica subsidiada por el Estado para sostener una producción continua de criptodivisas.
De acuerdo con fuentes del sector tecnológico, estas operaciones se encontrarían en zonas mineras controladas por redes vinculadas al poder político, lo que les garantiza protección y autonomía frente a las autoridades.
En estos complejos tecnológicos, decenas de equipos ASIC trabajan sin descanso, generando un flujo de bitcoins que luego se transfiere a billeteras digitales en el exterior, reforzando el velo de opacidad que cubre sus movimientos financieros.
Según fuentes allegadas a los Dager, informan que con las acusaciones que tiene en ese país, se vio forzado a abandonarlas y salir huyendo con la cobardía que lo caracteriza a tierras panameñas donde reside actualmente.

Este entramado no solo representa una nueva modalidad de lavado de activos, sino que además posiciona a Venezuela como un punto estratégico en la minería ilícita global, sostenida por intereses políticos y económicos que operan desde las sombras.
El oro digital que alimenta las sombras
En el corazón minero de Venezuela, donde antes reinaban las retroexcavadoras y el polvo del oro, ahora se escuchan los ventiladores y zumbidos eléctricos de un nuevo tipo de extracción: la minería de criptomonedas.
Lo que antes se hacía con picos y bateas, hoy se hace con máquinas ASIC, que trabajan día y noche para generar bitcoins, la moneda digital preferida por quienes buscan ocultar el rastro del dinero.
Según fuentes del sector tecnológico venezolano, varias granjas de bitcoin fueron instaladas en regiones bajo control de grupos vinculados al poder político, aprovechando la electricidad subsidiada por el Estado y la falta de supervisión regulatoria.
El resultado: un modelo de minería ilegal a gran escala, operando al margen de los sistemas financieros tradicionales y protegido por redes de influencia que garantizan su continuidad.

Criptominería, anonimato y poder
El uso de criptomonedas en países sancionados o con sistemas financieros restringidos no es casual. El anonimato que ofrece el bitcoin, combinado con herramientas como billeteras privadas y plataformas descentralizadas, permite mover grandes sumas sin dejar huella visible en bancos o registros internacionales.
Especialistas consultados explican que estas granjas funcionan como lavanderías digitales: los fondos obtenidos de contratos o sobornos pueden transformarse en bitcoin, minarse y luego enviarse a direcciones fuera del país, volviendo prácticamente imposible rastrear su origen.
Este esquema, que mezcla tecnología, corrupción y energía estatal, convierte a Venezuela en un nodo estratégico del lavado financiero regional, mientras el país atraviesa una crisis energética que mantiene a millones de ciudadanos con cortes eléctricos diarios.
Las granjas fantasmas: rastros de abandono en el sur del país
En zonas mineras del estado Bolívar y del Arco Minero del Orinoco, se han identificado instalaciones de criptominería abandonadas. Testigos locales aseguran que varias de estas estructuras, antes custodiadas por personal armado, fueron desmanteladas o dejadas inactivas repentinamente.
Las razones son diversas: desde presiones internacionales y decomisos, hasta disputas internas por el control del negocio digital.
Los vecinos de estas áreas describen depósitos llenos de máquinas de cómputo apagadas, estructuras metálicas a medio montar y transformadores conectados a redes eléctricas ilegales.
Lo que alguna vez fue presentado como un proyecto de innovación tecnológica terminó convertido en cementerios de hardware, símbolos del colapso de un sistema que mezcló la minería digital con la corrupción institucional.

Venezuela: un laboratorio del lavado digital
El auge de las granjas de bitcoin en Venezuela no solo responde a intereses individuales, sino a una estrategia económica paralela impulsada por sectores de poder que buscan burlar las sanciones internacionales y mover capitales de manera encubierta.
En este contexto, el país se transforma en una zona gris del mapa financiero mundial, donde la frontera entre lo tecnológico y lo ilícito se vuelve difusa.
El bitcoin, lejos de ser solo una herramienta de libertad económica, se ha convertido en el vehículo perfecto para la impunidad de quienes dominan el poder energético y financiero del Estado.
Una advertencia para la región
Mientras los gobiernos del continente intentan regular el uso de las criptomonedas, Venezuela se consolida como un laboratorio de minería digital fuera de control, donde granjas abandonadas, redes de poder y dinero invisible conforman un ecosistema tan lucrativo como opaco.
Las granjas de bitcoin Venezuela se erigen como metáfora de una economía paralela que sigue activa incluso cuando las máquinas callan: el dinero sucio encuentra siempre una nueva forma de respirar, aunque sea en silencio, en la oscuridad eléctrica de los llanos del sur.
Fuente: Una advertencia para la región

