Teherán, de metrópoli bulliciosa a ciudad fantasma
Teherán, una ciudad de alrededor de 10 millones de habitantes, se caracteriza por su tráfico intenso, sus bazares llenos y su ruido constante; hoy, en cambio, muchas de sus calles están vacías y silenciosas. Los ataques de Estados Unidos e Israel han golpeado especialmente los barrios donde se concentran ministerios, tribunales y el cuartel general de los Guardianes de la Revolución, blanco de los bombardeos del domingo.
Los periodistas de AFP que recorrieron la ciudad describen una capital sacudida por fuertes detonaciones, con columnas de humo gris elevándose hacia el cielo tras cada ataque. Los residentes relatan que, cuando suenan las explosiones, puertas y ventanas tiemblan, obligándolos a alejarse de los cristales y a refugiarse en pasillos o habitaciones interiores.
Miedo, encierro y una huida incompleta
Ante la intensidad de los bombardeos, el gobierno iraní instó a los habitantes de Teherán a abandonar la ciudad “manteniendo la calma” tras los primeros ataques contra la residencia del líder supremo. Muchos aprovecharon para irse hacia otras regiones, pero quienes no pudieron escapar viven encerrados, como Samireh, una enfermera de 33 años que admite que ya se habría marchado si no estuviera obligada a quedarse por su trabajo.
En barrios residenciales, varias familias pasan horas en habitaciones interiores, lejos de las ventanas, monitoreando como pueden las noticias pese a los problemas de internet. Israel llegó a pedir por la red X que se evacuara el área donde están los estudios de la televisión estatal Irib, pero el mensaje no llegó a la mayoría de vecinos por los cortes de conectividad.
Los testimonios coinciden en el miedo a caminar por calles desiertas, con la sensación de que “ya no vive nadie allí”, mientras se escuchan a lo lejos nuevas detonaciones. Elnaz, de 39 años, reconoce la dificultad de protegerse cuando los ataques también apuntan a viviendas de policías o personal vinculado al régimen y ni siquiera conocen a todos sus vecinos.
Comercios cerrados, maullidos y trinos en lugar de tráfico
En el norte de Teherán, una zona tradicionalmente más acomodada, parece que muchos residentes ya se fueron y el paisaje sonoro ha cambiado por completo. El maullido de los gatos y el canto de los pájaros sustituyen al ruido habitual de los atascos, los cláxones y el bullicio nocturno de cafeterías y restaurantes, ahora cerrados.
Los pocos vehículos que circulan son en su mayoría camiones y furgonetas que abastecen a las tiendas de alimentación todavía abiertas, donde se forman largas filas para comprar productos básicos como pan. En el histórico bazar de Tajrish, la mayoría de los puestos están cerrados; un vendedor de ropa espera, casi solo, a algún cliente sentado junto a una camiseta con la bandera de la República Islámica.
El contraste es más duro porque estas semanas previas a Nouruz suelen ser las de mayor movimiento comercial del año, cuando los bazares se llenan de compradores y las familias se preparan para las celebraciones. En lugar de dicha y reuniones, predomina la incertidumbre, la ansiedad y la sensación de estar viviendo un momento excepcionalmente peligroso.
Símbolos del régimen entre escombros y tanques
En la plaza Ferdowsi, una de las principales intersecciones de la ciudad, los edificios dañados por las explosiones dominan el paisaje, con fachadas rotas y escombros dispersos. Entre las ruinas, sigue en pie una bandera de la República Islámica, convertida en símbolo de resistencia y, al mismo tiempo, objetivo de la ofensiva.
No muy lejos, un enorme cartel con el rostro del guía supremo Alí Khamenei, muerto el sábado durante los bombardeos, cubre la fachada de un edificio, mientras la operación militar conjunta de Estados Unidos e Israel continúa. En cruces estratégicos se han desplegado policías, fuerzas de seguridad armadas y vehículos blindados que realizan controles aleatorios, reforzando la imagen de una ciudad en estado de sitio.
La combinación de símbolos oficiales, edificios destruidos, presencia militar y calles vacías refuerza la idea de una capital que ha pasado, en pocos días, de ser el centro político y económico del país a un escenario de guerra abierto.
Nouruz en pausa: la guerra se impone sobre la vida cotidiana
En circunstancias normales, las semanas previas al año nuevo persa son un período de alegría para los iraníes, que aprovechan para reunirse con sus familiares, hacer compras y planificar viajes. Los comerciantes logran buena parte de su facturación anual en esos días, gracias al aumento del consumo y al flujo constante de visitantes en bazares y centros comerciales.
Este año, en cambio, muchas familias han tenido que abandonar sus hogares o refugiarse en ellos, los comercios permanecen cerrados y el miedo domina cualquier plan para el futuro inmediato. Para una población golpeada ya por una fuerte inflación y múltiples crisis internas, los bombardeos suponen un nuevo golpe emocional y económico, que profundiza la sensación de vulnerabilidad y desamparo.
La imagen de Teherán como ciudad fantasma resume el impacto de una campaña militar que no solo destruye edificios estratégicos, sino que también suspende la vida cotidiana, los rituales culturales y la esperanza de normalidad de millones de personas.
Fuente: Infobae, “Teherán se vacía bajo las bombas: cuatro días de ataques convierten la capital iraní en una ciudad fantasma”.

